Pertenencia

De vez en cuando descubro que las brechas en mi español hacen que sea difícil explicar algo. Estoy seguro de que casi cualquier persona que se haya encontrado en un contexto extranjero durante un período prolongado de tiempo puede dar fe de los desafíos en la comunicación entre idiomas y culturas distintas. Una rareza única de idiomas, a veces igualmente frustrante y fantástica, es que a veces la palabra que buscas ni siquiera existe en este otro idioma que estás intentando hablar.

Recientemente, estaba tratando de explicarle a alguien que había estado sintiendo “homesick”, pero descubrí que la palabra más cercana en el español latinoamericano, "la nostalgia", en realidad no tenía el sentimiento que quería expresar. “Homesick” es una palabra demasiado profunda para resumirla solo como sentirse nostálgico. Así que tuve que describir el significado a ella.

Estar “homesick” es absolutamente sentirse nostálgico. Sin embargo, al mismo tiempo, es un sentimiento más profundo que va más allá de la emoción de la nostalgia. Es un dolor de los huesos, un anhelo que se adentra en lo más profundo de nuestro ser. Es una enfermedad del corazón, expresada en una especie de anhelo por un lugar conocido y amado, por la comunidad donde crecían nuestras raíces. Se expresa no solo en nuestros corazones y mentes, sino en la totalidad de nuestro ser. Es el deseo de pertenecer.

Esta necesidad de pertenencia es algo que está en todos nosotros. Está tejido en nuestro ADN, pintado en nuestros corazones y retorcido alrededor de nuestros huesos tanto como nuestros músculos, tendones y venas. Es una cosa eterna. En lo profundo de nuestras almas, todos deseamos pertenecer. Por eso es tan profundo conocer un lugar, llamarlo hogar y echar raíces. Por eso es tan maravilloso tener a aquellos a quienes podemos llamar nuestra familia por sangre, adopción o de otra manera. Por eso hay tanta riqueza en la vida cristiana que experimentamos cuando llevamos las cargas de los demás, compartiendo alegrías, tristezas, triunfos y derrotas. Pertenecer significa ser parte de algo más grande que meramente nosotros mismos.

Dios nos creó con este anhelo. Pero el anhelo que tengo por los árboles de algarrobo florecientes, el silbido lejano de los trenes que pasan por el centro de la ciudad, el aire fresco y tranquilo de la mañana antes de que se levante la niebla, la iglesia que reza constantemente por mí, la sobrina que aún no he podido conocer - Estos son simplemente reflejos del anhelo más profundo que existe dentro de mí. El sentimiento de estar “homesick”, el deseo de pertenecer, nunca puede ser satisfecha realmente por las cosas temporales, no importa lo fácil que pueda ser idealizarlas. En este lado de la eternidad, solo obtendremos momentos fugaces de este sentimiento de verdadera pertenencia.

Este sentimiento de estar “homesick”, este grito del corazón a pertencer, nunca será satisfecha por un lugar, la familia, el trabajo o cualquier otra cosa que nos arraigue en este mundo. Aunque sea que estas cosas son regalos de Dios que Él diseñó en su buena creación para que las disfrutemos, no son las cosas que realmente definen quiénes somos y nunca podemos pertenecer a ellos de la manera en que pertenecemos a Dios.

Cuando decidí seguir a Cristo, rendí mi ciudadanía a este mundo. Descarté los conceptos de hogar y familia en el sentido terrenal. Mi ciudadanía está en el cielo, y yo no pertenezco a este mundo igual como Cristo tampoco pertenecía a este mundo. Incluso en todo esto, este sentimiento en mi corazon de estar “homesick” no se ha ido. Soy un extranjero, pasando como un viajero en su camino a casa. Gimo interiormente por la redención de mi cuerpo y mi plena adopción como hijo, “homesick” por el lugar al que siempre he pertenecido, nunca he visto y siempre he esperado: la eternidad con Cristo.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.” (Juan 17:3)


*escrito por Levi Bareither

Melanie Chandler